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19 abr 2011

La ciudad de las eternas sirenas


Es la ciudad de las eternas sirenas. La gente va en sus autos, pita, avanzan lento. Los dientes rechinan y las uñas se entierran. Suenan las campanas y los niños van a la escuela. Tú, Luisa. Tú, Marco. Haces de tu día tu día. Oras al salir de tu casa. Realizas tus tareas en la legalidad. Te portas bien. Eres un buen hombre. Eres una buena mujer. La ciudad –perdida- te despoja, te ultraja, te maltrata, te silencia, te invalida. Suenan las cuernos. Tú, Enrique. Tú, Marcela. Eres asesinado. Ya no estás viva. Un tiro deliberado, una bala perdida, chivo expiatorio, error, diversión, prepotencia. La sangre calienta tu ascensión. A Kaláshnikov qué le importa. Él no tiró el gatillo. Fueron los federales, los sicarios, el crimen organizado, los narcopolicías, el ejército, un caco, la sociedad. Es la ciudad de las eternas sirenas. Éstas anuncian la muerte, el peligro, el miedo. Los rostros de los niños se pintan de azul y rojo. Las autoridades se limitan a limpiar. Levantar casquillos, levantar muertos, levantar a Luisa, levantar a Marco, levantar a Enrique, levantar a Marcela. El crimen organizado es una persona (a)moral. No se le busca, no se le culpa. En la ciudad de las eternas sirenas todos naufragarán. Huir de las sirenas. Confiar en las sirenas. Da la misma.

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